miércoles, 2 de marzo de 2016

El milagro de la creación

Decía George Gershwin que la vida es como el jazz: es mucho mejor cuando improvisas. No lo niego, aunque me atrevo a matizar la afirmación. La preparación puede conllevar también el placer de la anticipación. Pero en fin, me estoy poniendo, una vez más, filosófico. Debe ser el alcohol, como siempre. Vamos al grano (de cebada, of course).

Como algunos ya sabréis, desde el pasado verano estoy haciendo realidad mi viejo sueño de aprender a tocar el saxo tenor. Mi profesor es Roberto Albrecia, al que al parecer, cuando estaba echando los dientes, su madre le ponía, para que no llorase, una boquilla de saxofón en lugar de un chupete. No dejéis que su aspecto juvenil os engañe: es, sin lugar a dudas, un Hombre Sabio Y Paciente. Sobre todo paciente, como demuestra el hecho de que todavía no haya abollado su saxofón contra mi durísimo cráneo. Todavía...

A veces, Roberto incluye en las clases ejercicios de improvisación. Pone una base de percusión o, mejor aún, se sienta al piano y me sigue, mientras yo me dedico esencialmente a soplar y pulsar teclas de forma más o menos aleatoria intentando obtener sonidos juntables.

Pero... el jazz es magia, queridos niños. Y la magia sorprende hasta a los aprendices de brujo. El jueves pasado Roberto me hizo improvisar sobre una pentatónica de Re menor (es decir, utilizando sólo las notas Re, Fa, Sol, La y Do). Y allí estaba yo, bufando en la boquilla, pulsando una tecla tras otra y concentrándome en pensar cuál sería la siguiente tecla que pulsar para que aquello sonase moderadamente diferente de una pelea de gatos. Sol, Do, Re, La, Re con registro, La con registro, Do, Sol...

...y entonces ocurrió.

Mientras mis dedos seguían su curso, de repente oí una voz en mi cabeza que me decía:

-Joder, tío, TÍO, ¡QUE ESTO ES JAZZ! ¡¡ESTÁS HACIENDO MÚSICA!! ¡¡¡ESCÚCHALA, ES MÚSICA DE VERDAD, Y ES TUYA!!! ¡¡¡JODER, JODER, JODER!!!

Y sí, le hice caso y me paré a escuchar. Es decir, se paró mi mente mientras mis labios y mis dedos seguían, guiados por algún misterioso proceso desconectado, pulsando y combinando aquellas cinco notas y distribuyéndolas en dos octavas, en un tempo vivaz y desenfadado que se entrelazaba con el piano que, discretamente, marcaba el compás y ponía un fondo a mi cadencia. Aquello era MÚSICA. Jazz. Sonaba bien. Se podía escuchar. Y lo estaba haciendo yo. Yo. ¡Yo!

Acabó, como se acaba todo lo bueno. En algún momento decidí parar. Roberto me vio bajar el saxofón y también se detuvo. Me miró y me dijo:

-Hacia el final se te ha desbocado un poco el flujo de aire, pero no ha estado mal. Tocabas con mucha naturalidad.

-No sé si era yo quien tocaba... La música parecía ir sola. Yo tenía la impresión de estar sólo escuchando.

Sonrió y me dijo:

-Ésa es la verdadera forma de tocar. Estás llegando. Cuando lo tengas todo interiorizado, cuando no tengas que pensar en cada cosa al mismo tiempo, cuando consigas que el saxo sea un amplificador de tus ideas, tocarás de manera natural. La música está en ti; el saxo es sólo la herramienta para sacarla.

-...

Unos días después, mientras escribo esto y recapacito, me doy cuenta de que no será fácil. Pero precisamente eso es lo que lo hace interesante. Seguiré escuchándome, esperando esa desconexión que marca la diferencia entre nadar vigorosamente y dejarse llevar por la corriente. Y aprendiendo, día a día, a provocarla. No recuerdo a qué edad empecé a soñar con tocar el saxofón: ¿quince? ¿dieciséis? Pero, sea como sea, si el resultado es éste, ha valido la pena esperar.

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